sábado, abril 12, 2008

Grabamos

Freddie: Cantá, corazón. Dale, che, disfrutá con nosotros.
Roger : Dale, chabón. Copate.
Brian : Como quieras, Johnny. Pero sería una pena que no cantes ni un poquito en este disco, tenés una voz muy bonita.
John : No puedo. No es cierto, Brian, no hablés huevadas. Lo que ustedes hacen con sus voces es muy hermoso. Vos no te das cuenta, Freddie. Esto es una revolucion nunca vista en la historia de la música y ustedes están a cargo. Yo sería un hijo de puta si destruyera o impidiera algo tan bueno para la humanidad.
Roger : No seas boludo, man. Vení, hagamos rock.
John : Miren, no empecemos de nuevo. No voy a cantar. Déjenme componer y ayudar con los arreglos. Déjenme hacer las bases. No me pidan que cante, no me lo pidan de nuevo. ¿Cuánto tiempo vamos a parar la grabación esta vez? Querían hacer música, todos queremos hacer música... Bueno. Estamos haciendo la música más maravillosa, a todos nos hace felices. Sigamos, no perdamos más el tiempo. Brian, probá los armónicos del medio...
Freddie: Vos mandás, bombón.
Roger : Sos un pelotudo.
John : ... y sacale un poco de distorsión.
Brian : A ver... ¡Hey, buenísimo! Freddie, queda.

lunes, diciembre 24, 2007

El mundo - se encendió rápidamente un cigarrillo, y siguió - es una locura - y cuando después de pitar el cigarrillo dos veces giró la cabeza y el torso para dejarlo en el cenicero, se encontró con otro cigarrillo que él mismo acababa de encender y olvidar.

miércoles, octubre 17, 2007

Ahí estás, quién sabe qué furia te ha escupido o cuál malentendido te acomodó en tan mala montura. La escalinata es ancha y larga, pero no eterna, bien sabés que lo eterno no existe cuando vas sobre la estertorosa bicicleta, bajando una escalera de velocidad y de sueño. Los primeros escalones han sido un acostumbrarse a lo falso y accesible, yo puedo bajar esta escalera en bicicleta, fácil es contener el equilibrio; pronto el rodado rodante te traquetea más y más fuerte entre las piernas, pronto uno y muchos pulsos sin pausa te recuerdan aquello sacrocoxígeo (que es rudimento de una cola de mono abolida por la burocracia evolutiva) y te lo llevan a golpes de martillo hasta la base del cráneo, a los temporales y hasta los dientes y la lengua que escamotea con gran milagro las mordidas incontrolables del mal piñón, de cada escalón traspuesto, ¡taf! ¡traf! y ¡prrrr! que hace el pedal cuando gira en falso con tu pie lejos, tengo culo y me duele, este asiento es muy duro.
Un rebote imprevisto parece una mentira, ya sabés que hay que pararse sobre los pedales y hacer de todo el cuerpo un elástico atento; todos los escalones son iguales y están sanos, vas a bajar, vas a llegar ahí donde te ves doblando a la izquierda; la bicicleta va a estar sólidamente parapetada en sí misma, quizá el buen bicicletero para calibrar el descarrilador y la tensión de los cables… ¿Qué cables? Si la carrera termina, si un día entre los escalones, los minutos y los días conseguís bajarte de la bicicleta mansa: bicicleta y sueño, ahí se quedan juntos, meses más tarde se congregarán dos cervezas y un amigo para escuchar tu peripecia. Todavía no es tiempo.
Pero no, que ni blando ni halaguero, los escalones son fatalmente iguales unos con otros, y entonces ¡desgracia!, velocidad final es igual a varias pomadas multiplicadas por la aceleración de la gravedad y alguna de esas pomadas es etcétera = gran incertidumbre, tu cuerpo quiere ordenarse sobre los giroscopios y reivindicarles toda la física que les atribuye la televisión por cable, y las maniobras sucesivas dicen todo lo contrario, la bicicleta no hace más que desviarse a cualquier lado…; mejor es no moverse porque trjjjj, porque un pedal o una ola de rayos raya el borde de un escalón con todo el pecho y tenés que deponer todos tus planes, como la intemperie deroga el alcohol etílico. No hay nada que hacer, la velocidad es inverosímil; la pared, la explanada, la pared y la explanada, la explanada y la pared van a ordenarte vigorosamente contra planos lisos y sinceros, van a quebrarte huesos importantes. No, no, no es posible, Un salto curvo, un salto imprevisto como toda la bicicleta, la carrera y el sueño te llevan de punta al último escalón donde hay una cuña honda, donde la rueda se encaja para siempre y la horquilla se quiebra. Finalmente vos, vos y bicicleta en una cabriola de mal circo volando rodantes a tres, a seis y a diez metros sobre la explanada, qué altura formidable, transponiendo la línea de la pared y vos, vos agarrado con todas tus almas a la bicicleta que quiebra el agua mansa del estanque. Los dos se hunden un metro, los dos salen desesperados tosiendo agua, vos y bicicleta se han dado un ridículo chapuzón y ahora salen alzándose de las axilas, sosteniéndose compañeros de la burla que les echan esas señoras inglesas del siglo dieciocho providenciales en cualquier sueño donde hay escaleras o bicicletas, o las dos cosas. Ni vos ni la bicicleta son capaces de decir nada, ensayan varios pensamientos pero no convidan a los demás la alegría de haber sobrevivido a semejante travesía. Bien hacen: dónde se ha visto un sueño tan deshonroso, mejor hubiera sido que te rompieras el cráneo en la explanada, la boca contra el paredón… La curiosidad insolente es preferible a la burla, mucho más si se trata de no estropearse la reputación en un sueño.

viernes, octubre 05, 2007

Never-ever-mind

La ropa sin planchar
¿y las cifras? ¡sin sumar!
el cigarrillo a la mitad.
Dejar la puerta entreabierta;
que todo eso, mejor está.

sábado, septiembre 29, 2007

Historia

Los que recuerdan, cuentan de un hombre al que en un punto y de repente, la noción del tiempo se le transtornó para siempre. Así le sucedía esto: transcurrida cierta cantidad de minutos, él juraba haber padecido muchos menos. Solía decir que, contra él, todo devenía dos y quizá tres veces más rápido que en los demás; que tenía la necesidad de dormir dos noches y vigilar dos días por jornada.
El hombre realizó todo tipo de experiencias arduas en su consideración para garantizar a los demás cómo decía verdad, cómo todo el mundo se había vuelto loco por alguna peste que sólo él escamoteaba, o que había decidido no arrimársele. Leía novelas largas, realizaba estudios universitarios y se diplomaba con celeridad, una vez tras otra. Se proponía ebanisterías o caminatas de entre aquellas que fuman mucho tiempo y las resolvía con su asombrosa velocidad. Convocó a escribanos para que dieran fe del singular portento; los jueces entre los hombres y los hombres entre los hombres todos le dijeron que nada admirable había en sus actos, y que los tiempos desvastados habían sido medidos y que nadie dejaba de considerarlos regulares y satisfactorios.
Lo segregaron loco y apostrofado, pero a nadie agredió, y nadie lo castigó.
Aunque el hombre no acertaba cuando denunciaba la peste, sí decía toda la verdad del caso cuando colaba el tiempo con los únicos anteojos de su razón: el Universo, infinito de poder había decidido enredársele al cuello, ahogarlo y fulminarlo con el horrible ostracismo que padecen los inocentes.

domingo, septiembre 23, 2007

En el Colegio Nacional

El profesor Belisle – así va una historia, y es cierta – consignó un único diez entre todos los casilleros, entre todas las planillas, sobre todos los escritorios que precariamente fueron suyos (Bien parados, señores. Silencio Toranzo y puta, es la hora del viejo Belisle).
- Está bien, Dolfinger.- dijo, y siguió – Hace diecisiete años (o diez y siete, porque las dos formas son, y van) estoy en este colegio, en el tercer año, dando clases.
Yo tengo sesenta y cuatro. Nunca puse un diez. En una lección oral digo. Cuando hay trimestrales, bueno, ustedes saben que es distinto. Están los que escriben humedades, otros verán de arreglárselas con esos lápices correctores, qué yo sé… que ahí les pegan, arriba de las instrucciones, un regio machete. Da miedo agarrarlos y usarlos, da miedo tener que saber tanto para poder corregir un tropiezo en el escrito, a ver si uno se equivoca y vienen los rusos o pasa alguna de esas de las películas, esas que muestran los yanquis. Hagan como quieran con eso.
Después están esos que memorizan y entregan un parcial, digo, un trimestral fenómeno, uno que también parece de copia o de alguna otra industria. No sean pavos. Lean, entiendan. Ahí recién escríbanme. A mí en ese caso no queda otra que ponerle un diez al memorioso, qué voy a hacer. Ahora sí, al frente, al que memoriza le puedo pegar un baile, le puedo pedir las cosas de atrás para adelante, que me abocete causas y consecuencias, qué sé yo, que me demuestre que verdaderamente sabe. También están los payadores… letra y música, señores; pero bueno. Eso es el examen escrito y cada uno ve la forma de parapetarse como puede, es como confesarle al cura, yo no lo jorobo.
Diecisiete años no son muchos. Ustedes no existían, pero bueno. Dentro de diez años van a ver cómo es.
Y este Dolfinger, ¿qué hizo? Se paró y vino, carraspeó y habló. Fuerte, claro. Qué sé yo en qué anda Dolfinger, si atrás de las chicas, o de los muchachos. Tiene arito. ¿Y?
Por lo menos este tema le interesa y se lo sabe.
Diez y siete años, y tengo sesenta y cuatro. Nunca había puesto un diez. Y, vean, esto es lo que yo quiero decir: éste no es el séptimo. Es un tercer año. Ni a la mitad de la carrera están. Ni yo estoy al final de la mía. No sé si vieron ese programa de la noche, ése en el que bailan. En abril y mayo todos se sacan un siete mordido, un ocho. Por allá por octubre hay nueves. En diciembre están todos los dieces. Pero los bailarines no son más diestros ni más nada. Son los que van quedando, y entonces hay sidras, y brindis hasta en las oficinas, y todos somos amigos o elegidos, arrimados al final de algo, esperando, como pasa cuando hay un comicio, entonces tenemos que recompalmearnos, como me dijo uno una vez, y me hizo reír. ¿Alguno de ustedes es cristiano? Yo no quiero discutir nada, ¿eh?, pero a mí me parece que en la Escritura dice que el Apocalipsis va a caer en alguna docena perdida de agosto, ahí, entre los días, que nos vamos a morir con trimestrales a medio estudiar, llamando a un número ocupado, no sé, en el medio de algo.
Yo no le he puesto el diez a Dolfinger porque se me venía el acabarse de la docencia, porque fueran a cerrar el colegio, o porque se viniera la guerra. Yo le puse el diez porque se lo merecía, como ninguno hasta hoy, como quizá ninguno nunca más. Pero quién te dice, y tate, que mañana puedo poner otro. Yo no sé. Bueno, siéntese, Dolfinger. Ni usted sabía que este era mi primer diez, ¿vio? Ahí está, y es así: lo inesperado es verdaderamente inesperado. Siéntese, siéntese. Y vamos a ver quién sube ahora a la picota, y que sea uno bien dialéctico, que la lapicera loca anda peripatética hoy.

Velar una foto ( I )

Mario Perrota fue uno de los periodistas más versátiles del Canal de noticias. Con el bronceado aplomo de un experto, rodeó puentes que los eufemistas del Medio usan para planchar palabras y cruzó nadando plácido los ríos modestos de noticias cíclicas, propias de la televisión por cable.
Conciliados sobre una papila, sus compañeros lloraron en el Canal, y en los otros la triste desaparición de un colega que luchó incansablemente contra una grave enfermedad, y que nos abandonó antes de tiempo, aunque lo cierto es que un mal cáncer mató a Perrota mientras jugaba al paddle en la cancha de un club muy exclusivo. Pobre Mario, tan buena era su noticia.
El olvido sedimentó rápidamente, Mario entró en un pozo y otro periodista entró al estudio en horario, para él, extraordinario.
Existió un televidente, sólo uno, que olvidó con abrumadora eficacia a Mario y su muerte.
Ése, cigarrillo se me cayó al piso, a ver, ya lo levanté; me sirvo una Coca y veo las noticias, prendió el televisor, exhaló humo, bebió y, mirando tras el vaso turbio de nariz adentro, sintonizó el Canal a las ocho y borroso cuarto. Mario Perrota comentaba un estreno de cine.
Ése, qué pelotudez de película, che, con la inocencia de los inocentes, podrá sintonizar el Canal de lunes a viernes a las ocho y echar a andar para siempre a Perrota y su Noticiero.

miércoles, mayo 30, 2007

Deixis ansiolítica (III)

Y de noche, fantaseando,
quiero al sueño darme libre;
pensando cómo matarte
es que consigo dormirme.